viernes, 21 de febrero de 2014

O i n k

No te pongas nervioso, no, te aseguro que ya no va a chillar desde la bandeja.

Puedes morderlo con total 
despreocupación, no se te atragantará tu voz, no escucharás sus gritos cuando lo muerdas ni oirás cómo sus trocitos se lamentan en el interior de tu barriga.

No lo verás llorar en tu plato.

Tampoco sentirás el sabor salado de su llanto dentro de tu boca ni sus lágrimas encharcarán tu estómago.

Come, hombre, come sereno, no vaya a ser que te dé un bajón de proteínas, de vitaminas o de grasas. Llena bien tu buche de colesterol y de mentiras que poco importa que la ética permanezca famélica si las coartadas se mantienen obesas.

Si lo que te turba del sufrimiento ajeno es que te entre por la vista, por el oído, por el sabor o por el tacto pero no que haya hecho fonda de tu conciencia, ablución de tu ignorancia y vestimenta de tu desprecio entonces puedes trincharlo ya mismo, puedes cortarlo, masticarlo y digerirlo con absoluta tranquilidad, porque esa criatura que convierte en saliva tu condicionamiento pavloviano ya derramó todo su miedo y bramó todo su dolor en la granja y en el matadero.

Lo que llega a ti ya no sufre. Ya sufrió más allá de lo que tú lo hagas jamás, probablemente más de lo que nunca puedas imaginar.

Pagas por su carne pero sobre todo pagas porque te la sirvan con una guarnición de silencio.

Come, hombre, come sin remordimientos, que ya otros (pagados por ti) mataron a alguien para que tú eructes con aroma de esclavo ejecutado y a tu olfato pretendes creer que llegue un delicado perfume de dieta "sana" y "equilibrada".

Anónimo

No hay comentarios:

Publicar un comentario